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La encrucijada de nuestra época

Actualizado: 4 may 2020

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“La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos bastardos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados.” El Club de la Pelea

Así como en las comunidades antiguas los ancianos eran los que cargaban las historias y mitos de su gente, en el mundo actual existen cuenteros que nos ayudan a entender el mundo en que vivimos a través de libros, películas, canciones y juegos de video. Entre estos, una de las historias más ilustrativas de los tiempos modernos es la del videojuego Mass Effect.

Mass Effect está situado en el año 2183. Gracias al descubrimiento de unas ruinas en Marte, la humanidad ha desarrollado una tecnología avanzada llamada Efecto de Masa. Con ella, ha sido posible viajar más rápido que la velocidad de la luz y colonizar planetas, comerciar con especies galácticas y manipular el continuo espacio-tiempo. No obstante, el amplio desarrollo científico también ha llevado a un estado de guerra entre el hombre y la máquina.


El personaje principal de la historia es Sheppard, un capitán del ejército humano, llamado la Alianza. Este hombre, durante una batalla con las máquinas inteligentes, murió pero fue reconstruido con partes robóticas, por lo que él mismo se convierte en un híbrido hombre-máquina. En uno de sus viajes, se da cuenta de una amenaza enorme: los Segadores.

Los segadores son monstruos de metal con una conciencia evolucionadísima que anuncia que toda la vida de la galaxia será destruida. A pesar de que hay miles de ellos, cada uno afirma que es una Nación.


Al final del juego, en medio de la destrucción de toda la vida por parte de los segadores, Sheppard tiene acceso al Catalizador, que es una conciencia que toma forma de niño y le explica la razón de ser de los segadores. Según éste, cuando la vida surgió en la galaxia, la inteligencia le fue otorgada a la misma como instrumento para preservarse. Con la inteligencia, las diferentes civilizaciones alrededor de la galaxia han podido implementar tecnología que les ayude a sobrevivir y desarrollarse. Así, todo lo que fue en un principio dado, como el cuerpo, la mente o la naturaleza, fue complementado y poco a poco reemplazado por lo creado, como los carros, las técnicas de cocina, y todo el conocimiento colectivo.

Este proceso, en el cual lo dado es reemplazado progresivamente por lo creado, lleva a que en un momento se llegue a una batalla entre los dos, llamada la rebelión de los creados contra los creadores. Esta guerra es inevitable, pues lo creado o sintético ha reemplazado cada vez más a lo dado o lo orgánico. Al respecto, lo orgánico es lo simple, lo vital, lo caótico, lo primario, no lineal y espontáneo; lo sintético es lo eficiente, ordenado, lineal y complejo.

Así pues, el Catalizador diseñó a los segadores para que destruyeran a las civilizaciones avanzadas justo antes de que llegara la rebelión, lo que ocurría cada 50.000 años. Los segadores eran instrumentos de destrucción, que a su vez comenzaban ciclos de creación, y así evitaban que la guerra entre orgánicos y sintéticos escalara hasta un punto tal que amenazara la continuidad de la vida misma.


No obstante, la única vez que se ha roto este ciclo milenario es con Sheppard, un ser mitad orgánico y mitad sintético, que logra acabar con la separación de la galaxia y unirlos en contra de los segadores.


Al final de la gran batalla con los segadores, tres opciones son dadas a Sheppard. Por un lado, puede destruir toda la vida sintética, por lo que los segadores y él mismo desaparecerían, pero probablemente el tiempo llevaría a la vida orgánica a desarrollar de nuevo tecnología (opción roja de la foto). Por otro lado, puede asumir el control de la vida sintética y usarla para el dominio de la especie humana sobre toda la vida (opción azul de la foto). Finalmente, puede optar por la síntesis: la unión de lo orgánico y lo sintético en un nuevo tipo de vida (opción blanca de la foto). ¿Qué opción tomarías tú?

¿Qué tan representativa es esta historia de la actualidad? En mi opinión, 100%. Por un lado, la inteligencia humana ha hecho que progresivamente reemplacemos el mundo orgánico por el mundo sintético, brindándonos la capacidad de preservar nuestra especie pero cada vez más a costa del resto de la vida.

Por ejemplo, el ser humano tiene el capricho incomprensible de crear inteligencia artificial, cuando ya puede simplemente tener un niño que nace con inteligencia. También, el internet ha venido a materializar tecnologías mucho más sutiles como la comunicación en la mente colectiva, un concepto de las comunidades antiguas. Así, progresivamente el hombre ha reemplazado muchas de las cosas que ya tenía con tecnología mucho más accesible y predecible, para algún día trascender ese cúmulo de recursos que llama naturaleza. ¿Por qué hacerlo? En el fondo de proyectos como la creación de la Inteligencia Artificial, se encuentra el ánimo de ser dioses.


No obstante el hombre, así como Sheppard, es en este momento un híbrido entre lo orgánico y lo sintético. Nuestra vida se ha separado tanto de su origen, que pocos podrían negar que nos hemos convertido en Homo Tecnologicus, seres de tecnología. Esta idea de la mezcla entre el hombre y la máquina fue relatada por la ciencia ficción bajo la idea del Cyborg. Este híbrido intentaba superar la situación de un ser humano cuyo cuerpo es frágil y decae con el tiempo, pero posee una mente que mejora con los años. En las elecciones presidenciales de 2016, Estados Unidos ya cuenta con esta ideología e incluso un candidato por el partido Transhumanista, Zoltan Istvan, cuya principal propuesta es el uso de la tecnología para terminar con la muerte.

Para entender mejor el proceso que vive actualmente la humanidad, vamos a usar lo que Charles Eisenstein ha explicado a partir del trabajo del checo Stanislov Grof. Según el último, la mente es una compleja trama de recuerdos, experiencias, símbolos y asociaciones, en donde cada nuevo recuerdo se ve impregnado por la totalidad de la memoria. Estas telarañas de recuerdos constituyen lo que llamó Sistemas de Experiencia Condensada, y se pueden asociar con cuatro estados perinatales, es decir, distintas fases antes del nacimiento de un bebé.

El primer estado ocurre meses antes del nacimiento. El feto es un lugar tranquilo y rítmico que provee de seguridad, calor y recursos a un bebé que todavía no se diferencia de su madre. Existen todos los incentivos para crecer y el mundo no ofrece ninguna clase de límites. En la Biblia, este estado corresponde a la vida en el Jardín del Edén, en donde el ser humano era uno con la naturaleza y, como dice la Biblia, podía ser fecundo y multiplicarse.


El segundo estado empieza con las contracciones uterinas. El cuello uterino aún no se ha abierto, por lo que existe una presión creciente y ningún lugar a donde ir. Cada intento por apegarse al mundo del feto o seguir creciendo sólo genera más y más presión, por lo que el paraíso uterino pronto se convierte en un infierno sin salida. Por esto, este estado se relaciona con sentimientos de depresión, desesperación y desesperanza. Pareciera que el paraíso nunca fuera a volver, o que tal vez nunca existió.


El tercer estado tiene que ver con la apertura del cuello uterino. Después del sufrimiento, la increíble presión muestra tener un sentido: la salida del bebé a un nuevo mundo. Una luz al final del túnel se abre, pero para alcanzarla el bebé debe dejar de resistirse y entregarse a la nueva posibilidad. Es aquí en donde ocurre lo que en la Biblia se relaciona con el Apocalípsis-la batalla final entre el bien y el mal, en donde el bebé puede nacer a un nuevo mundo o morir en el viejo. Esta etapa se relaciona con los sentimientos encontrados de dificultad, dolor y ansiedad, pero también con la ansiedad, la excitación y el placer que promete un nuevo mundo.


Finalmente, el bebé nace a un nuevo e insospechado mundo. Al alimentarse de la leche materna, el bebé reafirma su conexión con la madre pero en un nuevo estado de individualización. Este estado se identifica con los sentimientos de calma después de la tormenta, de la muerte de una versión de uno y el nacimiento de una nueva.

El primer estado puede relacionarse con el periodo de los cazadores recolectores. Aquí, no había forma de diferenciar entre el hombre y la naturaleza y, aunque la vida poseía retos, la tierra era grande, sin límites y nos proveía de alimento a todos sin siquiera tener que cultivarlo.


Sin embargo, como lo mostró el psicoanálisis y lo retrató Estanislao Zuleta en su texto Elogio de la dificultad, seguimos queriendo volver al feto. Ideológicamente, la humanidad sigue en su mayoría en el primer estado. Aunque hablamos de sostenibilidad, no nos hemos dado cuenta de que el crecimiento exacerbado del mundo sintético ya no es aguantado por la tierra. En nuestras vidas personales, intentamos controlar todas las expresiones de la naturaleza humana, como la risa, la tristeza y la rabia, para parecernos cada vez más a una máquina: efectiva, metódica y sin errores. La guerra contra la naturaleza, en todos sus niveles, es insostenible.

A su vez, el segundo estado pudo verse claramente en el Siglo XX. David Hilbert diría que las matemáticas eran un juego lógico con poca correspondencia con la realidad; Noam Chomsky diría que una característica universal del lenguaje era el uso de estructuras que pudieran repetirse infinitamente; y Nixon rompería la correspondencia entre el dinero y el oro, acabando con sus límites.

Así, el problema era sencillo. Mientras la tierra era finita, el hombre quería crecer a un ritmo infinito. Entre más se empeñaba por crecer, más efectos colaterales obtenía en términos sociales y ambientales. En este contexto, el existencialismo sería la filosofía que pondría en palabras la angustia de la humanidad: el mundo era un lugar sin sentido, y las vidas humanas condenadas a la brutalidad, la soledad y la banalidad.

No obstante, la noche es siempre más oscura justo antes del amanecer. Los 60’s le mostraron al mundo una alternativa, una posibilidad. Hoy cada vez nos adentramos más en el tercer estado, lo que se muestra en la proliferación de discursos motivacionales y libros de auto-ayuda. Aunque la etapa tres del nacimiento es físicamente mucho más dura, psicológicamente es más llevadera que la segunda. En este momento, la humanidad necesita superar la Noche oscura del alma, para poder cerrar todas las heridas y adentrarse con vigor en un nuevo mundo.

El reto es tan grande, que puede compararse con un rito de paso, aquellas pruebas ancestrales en donde un joven que iba a entrar a la madurez debía enfrentarse a una prueba sin precedentes para probarse apto de la mayoría de edad. Para superarla, su viejo yo debía morir, pues el apego a sus artimañas de joven sólo lo llevarían a la muerte. La humanidad está saliendo de su adolescencia. La crisis actual nos exige rechazar las normas antiguas, los patrones viejos y las tradiciones ancestrales, pues por ningún motivo podemos volver al paraíso prometido del feto: lo hemos envenenado. En medio de este reto, la mayor dificultad es romper la exacerbada separación en todos los ámbitos de la vida.


En definitiva, cada vez se acerca más la decisión final del juego: devolvernos a lo orgánico, seguir con lo sintético o intentar encontrar una fusión. En los 60’s, cuando realmente parecía que lo sintético (la Crisis de los misiles y el imperialismo de Estados Unidos y la Unión Soviética) iban a acabar con lo orgánico (los pueblos en Vietnam, la libertad y el amor) surgieron dos posiciones. La primera declaraba que todo había sido un error y que debíamos devolvernos a un estado primitivo. Fueron las personas que intentaron escapar de todo el malestar en la cultura y se fueron a comunas o a las montañas del Tíbet. La segunda creía que todo iba muy bien, que lo habíamos logrado o estábamos muy cerca a lograrlo. Sólo necesitábamos un poco más de lo sintético (el orden, la eficiencia y la tecnología) y la nanotecnología, la inseminación artificial o quién sabe qué nos iba a salvar. Al intentar usar lo sintético para solucionar los problemas causados por ello, intentaban apagar el fuego con más fuego.


Hoy en día, cada vez más surge una tercera postura: la síntesis. La decisión que tomemos cada uno de nosotros en nuestras vidas personales determinará la que tome la humanidad como conjunto. Definir hasta dónde llega el ámbito de lo orgánico y en dónde empieza el de lo sintético, es la encrucijada de nuestros tiempos.


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